Estrategia y aficiones (Vol.1)
En el día a día solemos dar por sentado que nuestras aficiones son simplemente un descanso de la rutina.
Sin embargo, cuando prestamos atención a lo que hacemos en nuestro tiempo libre, descubrimos que hay patrones y aprendizajes que pueden enriquecer la manera en que definimos nuestras prioridades y tomamos decisiones estratégicas.
No se trata de buscar un storytelling forzado, sino de reconocer que la forma en que nos divertimos refleja quiénes somos y lo que valoramos.
Por qué las aficiones son algo más que un “pasatiempo”
Las investigaciones sobre bienestar personal demuestran que los pasatiempos tienen beneficios tangibles: reducen el estrés y mejoran la salud mental, fomentan el aprendizaje y la autoexploración y proporcionan una sensación de logro personal.
Dedicar tiempo a tocar un instrumento, salir a correr o escribir en un diario personal, por ejemplo, no sólo te ayuda a desconectar; también te entrena en habilidades blandas (soft skills) cómo autodisciplina, creatividad y curiosidad.
En otras palabras, una afición no es una pérdida de tiempo (como bien diría mi filósofo coreano de cabecera Byung Chul-Han). Como recuerdan los psicólogos, tener un hobbie que mantenga tu cuerpo en movimiento reduce el estrés y previene alteraciones del estado de ánimo, mientras que las aficiones creativas aumentan nuestra capacidad de expresarnos y procesar emociones.
Este tipo de actividades nos dan perspectiva y nos permiten afrontar problemas desde ángulos inesperados, algo esencial cuando diseñamos estrategias en el trabajo o en nuestra vida.
El vínculo entre aficiones y estrategia
No hay una fórmula universal. Cada afición aporta aprendizajes distintos que, bien canalizados, pueden traducirse en una ventaja competitiva. Por ejemplo:
- Deportes de equipo o actividades físicas. Correr, o practicar yoga, no sólo nos mantiene en forma; nos enseña a gestionar el esfuerzo, a ser constantes y a respetar los tiempos de recuperación. Las actividades colectivas, como el fútbol, o el baloncesto, fortalecen la colaboración y la comunicación, habilidades clave para gestionar proyectos o liderar equipos.
- Hobbies creativos. Escribir, pintar o cocinar, ‘obligan’ a disfrutar del proceso y a dejar de lado la crítica (salvo que seas crítico literario, artístico o culinario). La literatura psicológica señala que la creatividad no consiste en “ser bueno” en algo, sino en explorar sin miedo a equivocarse. Esta mentalidad se traduce en una mayor apertura a las ideas, algo indispensable cuando necesitamos innovar en nuestra estrategia de negocio.
- Actividades intelectuales. Leer sobre diversos temas fuera de nuestra especialidad, estudiar historia o jugar al ajedrez mantiene la mente abierta y curiosa. Participar regularmente en retos intelectuales mejora la resolución de problemas y la resiliencia mental, habilidades que son esenciales cuando desarrollamos proyectos complejos o afrontamos mercados cambiantes.
Incorporar estas lecciones a la estrategia no significa convertir un hobby en un negocio, sino trasladar lo aprendido: la paciencia de un jardinero ayuda a diseñar campañas a largo plazo, la audacia del escalador inspira a asumir riesgos calculados y la meticulosidad del modelismo sirve para afinar procesos.
Usando la pasión en enfoque estratégico
Además de mejorar el bienestar, las aficiones potencian habilidades transferibles. Un artículo de Habitify señala que las aficiones bien elegidas fortalecen la confianza al permitirnos adquirir nuevas habilidades sin la presión del trabajo y fomentan la creatividad para resolver problemas. Cuando trasladamos esa confianza y creatividad al ámbito profesional, nos resulta más fácil pensar de forma diferente y encontrar soluciones alternativas.
Por otro lado, un estudio sobre el propósito y los pasatiempos sugiere que estos intereses reducen el estrés, fomentan el aprendizaje y proporcionan una sensación de conseguir logros sin presiones externas.
Explorar nuevas actividades ayuda a descubrir talentos ocultos que pueden enriquecer nuestra propuesta de valor.
Esta autoexploración es clave para diseñar una estrategia única: alineamos nuestras acciones con lo que realmente nos motiva, en lugar de seguir tendencias pasajeras.
Cómo aplicar estos aprendizajes a tu propia estrategia
- Observa patrones. Haz una lista de tus aficiones y anota qué habilidades o valores prácticas en cada una. Pregúntate cómo esos valores pueden trasladarse a tu trabajo o proyecto.
- Diversifica tu entrenamiento. Igual que un portfolio bien equilibrado, un repertorio de hobbies diversificado fortalece diferentes áreas de tu vida. Combina actividades físicas, creativas e intelectuales para mantener en forma cuerpo, mente y espíritu.
- Diseña espacios de desconexión. Programa tiempo para tus aficiones como harías con una reunión. Reservar momentos para actividades que te aportan bienestar reduce el estrés y mejora la productividad.
- Permite que tus intereses definan tu voz de marca. Las aficiones aportan un gran valor diferenciador a la marca personal; reflejan tu forma de ver la vida y humanizan tu propuesta. Si te apasiona la fotografía y eres consultor, incorpora esa sensibilidad visual en tus presentaciones. Si disfrutas cocinando, piensa en el proceso de una receta como una analogía para planificar proyectos. Estas conexiones auténticas aportan mejoras a tu narrativa.
Conclusión
Tus hobbies no son meras distracciones: son laboratorios personales donde desarrollas habilidades, valores y perspectivas que pueden enriquecer tu estrategia.
Al reconocer la conexión entre tus aficiones y tu trabajo, das coherencia a tu historia y haces que tu marca sea más humana y singular.
Aprovecha lo que ya te apasiona para diseñar tu propio camino y convertir tu estrategia en una extensión natural de quien eres.
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